01. 'La puerta abierta' de Margaret Oliphant




Obra: La puerta abierta
Autor: Margaret Oliphant
Género: Narrativo (novela)
Dimensiones: 12.5 x 20 cm.
Páginas: 78
Lectores: A partir de los 12 años
Costo: S/. 10.00








DESCRIPCIÓN
En 'La puerta abierta' el misterio gira en torno al ruinoso frontis de una antigua mansión en el que se abre el hueco de una puerta solitaria que el tiempo ha despojado de todo significado y que ya no conduce a ninguna parte. Una angustiada voz que gime y suplica ante esa puerta es el único indicio de una tragedia que se renueva a lo largo del tiempo y que, tal vez, ha quedado grabada en el oculto corazón de la naturaleza. Una obra maestra del terror clásico inglés.



SOBRE EL AUTOR
Margaret  Oliphant (Inglaterra, 1828 – 1897)
Prolífica novelista inglesa. Escribió algunas novelas de corte costumbrista en las que logró memorables retratos de la vida provinciana en la Escocia de su tiempo, y tres magistrales narraciones fantásticas.
       Con el tiempo, logró convertirse en una escritora muy popular. Sin embargo, su vida familiar fue muy infortunada: en enero de 1864 moría su única hija en Roma; su hijo mayor, Cyril Francis, escritor, murió en 1890, dejando una Vida de Alfred de Musset, que la madre incorporó a su propia obra Foreign Classics for English Readers; el hijo menor, Francis ("Cecco"), colaboró con ella en Victorian Age of English Literature y consiguió colocarse en el British Museum, pero murió en 1894. Este golpe fue muy duro para Oliphant, que perdió todo interés por la vida. Su salud declinó rápidamente, muriendo en Wimbledon, Londres, el 25 de junio de 1897.


UNA PEQUEÑA TAJADA
A continuación disfrutarás de un fragmento de la obra. Apreciamos tus comentarios.


(…)


Yo me encontraba en Londres cuando los incidentes comenzaron. En Londres, un hombre que ha pasado tantos años en la India se sumerge de nuevo en la trama de interés con los que toda su vida anterior ha estado relacionada y tropieza con viejos amigos a cada paso.
Había estado divirtiéndome con media docena de ellos, y disfrutaba tanto del retorno espiritual a mi antigua forma de vida —aunque, a decir verdad, tampoco me desagradó el hecho de haberla dejado atrás—, que desatendí la correspondencia con mi familia. Lo cierto es que había estado de viernes a lunes en la casa de campo del viejo Bembow; y, después, en el viaje de regreso, hice una parada para cenar y dormir en el Sellar, lo cual no me impidió echar un vistazo a las cuadras de Cross, y esto me ocupó otro día. Siempre es peligroso descuidar la correspondencia; en esta vida transitoria, como dice el libro de oraciones, ¿quién puede prever lo que va a suceder? Todo estaba en orden en casa. Sabía exactamente —eso creía yo— lo que me dirían las cartas: «El tiempo ha sido tan bueno que Roland no ha tenido que coger el tren ni una sola vez, y disfruta como nadie con los paseos a caballo.» «Querido papá, seguro que no te olvidarás de nada, pero tráenos esto, y esto, y lo de más allá...»; en fin, una lista tan larga como mi brazo. ¡Mis queridas niñas y mi adorable esposa! No quería olvidarme de sus encargos, o perder sus delicadas cartas, así estuviera el mundo repleto de Bembows y Crosses.
Pero yo estaba convencido de que en mi casa reinaba el bienestar y la tranquilidad.
Cuando regresé al club, sin embargo, tres o cuatro cartas me estaban esperando, y observé que alguna de ellas llevaba el sello de «urgente», «entrega inmediata»; ese sello que la gente ansiosa y pasada de moda cree —todavía— que ejercerá alguna influencia en la oficina de correos y acelerará los trámites de envío. Estaba a punto de abrir una de ellas, cuando el conserje del club me trajo dos telegramas; uno de los cuales, dijo, había llegado la noche anterior. Como se puede suponer, abrí el último, y esto fue lo que leí: «¿Por qué no vienes, o contestas? ¡Por el amor de Dios, ven! Roland ha empeorado.»
Para un hombre que sólo tiene un hijo, un hijo que es la niña de sus ojos, una noticia semejante no puede sino fulminarle como un rayo.
El otro telegrama, que abrí con manos temblorosas, desperdiciando un tiempo precioso por mi precipitación, estaba escrito en los mismos términos: «No mejora; el doctor teme una fiebre cerebral. No permitas que nada te retrase.» Lo primero que hice fue consultar los horarios y comprobar si había algún medio de regresar a casa más rápido que el tren nocturno, aunque sabía muy bien que no era posible.
Entonces leí las cartas (Dios me perdone), y en ellas se explicaban los detalles con toda claridad. Me contaban que el muchacho tenía desde hacía algún tiempo un aspecto muy pálido y un aire asustado. Su madre lo había notado antes de mi partida, pero no quiso decirme nada para no alarmarme. Este aspecto se había agravado gradualmente, hasta que un día lo vieron llegar a casa galopando frenéticamente, con el pony jadeando y echando espumarajos por la boca. El propio Roland estaba «tan pálido como una mortaja», y tenía la frente bañada en sudor. Durante mucho tiempo se negó a contestar a las preguntas; pero entre tanto se habían operado unos cambios tan extraños en su conducta —su creciente desgana por ir a la escuela, el deseo de que fueran a buscarlo en coche (un lujo absurdo), su aversión a salir fuera de casa, sus sobresaltos nerviosos ante cualquier sonido inesperado—, que su madre se vio obligada a exigir una explicación. Cuando el muchacho —nuestro pequeño Roland, que hasta entonces no había conocido el miedo— empezó a contarle que había oído voces en el parque y que se le habían aparecido sombras entre las ruinas, mi esposa lo metió inmediatamente en la cama y avisó al doctor Simson, que, evidentemente, era lo único que se podía hacer.
Como se puede suponer, abandoné la ciudad aquella misma noche, con el corazón en un puño. No sería capaz de explicar de qué forma soporté las horas que precedieron a la salida del tren. Sin duda debemos estar agradecidos por la rapidez que ofrecen los trenes cuando tenemos prisa, pero para mí habría sido un consuelo partir en un coche de postas en cuanto los caballos hubieran estado preparados. Llegué a Edimburgo muy temprano, en la oscuridad de una mañana de invierno, y ni siquiera me atreví a mirarle a la cara al hombre que había venido a buscarme.
—¿Qué noticias hay? —le pregunté sin apenas tomar aliento.
Mi mujer había enviado el coche, por lo que deduje, antes de que el hombre me contestara, que aquello era una señal de mal agüero. Su respuesta fue la típica respuesta que permite que la imaginación se desborde:
—Exactamente igual.
¡Exactamente igual! ¿Qué demonios podía significar eso?
Tenía la impresión de que los caballos se arrastraban por el largo y sombrío camino. Cuando atravesábamos el parque me pareció escuchar una especie de lamento entre los árboles, y apreté los puños, amenazando con rabia al que los había producido, quienquiera que fuese. ¿Por qué había permitido la estúpida guardesa que alguien viniera a perturbar la tranquilidad del lugar? Si no hubiera estado tan ansioso por llegar a casa, habría parado el coche y habría ido a ver qué clase de vagabundo había entrado y escogido mis terrenos, entre todos los terrenos del mundo —¡y precisamente cuando mi hijo estaba enfermo!— para gemir y lamentarse a su antojo. Al menos no tenía motivos para quejarme de que fuéramos despacio. Los caballos corrieron como centellas a lo largo de la avenida y se pararon delante de la puerta, jadeantes, como si hubieran participado en una carrera. Mi mujer me estaba esperando en la puerta con una candela en la mano, que la hacía parecer todavía más pálida de lo que estaba cuando el viento agitaba la llama de un lado a otro.
—Está durmiendo —me dijo con un susurro, como si temiera despertarlo.


(…)



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