02. 'La dama pálida' de Alejandro Dumas





 
 
Obra: La dama pálida
Autor: Alejandro Dumas
Género: Narrativo (novela corta)
Dimensiones: 12.5 x 20 cm.
Páginas: 64
Lectores: A partir de los 10 años
Costo: S/. 10.00

 
 
 
 
 
 
 
 

DESCRIPCIÓN
Una joven solitaria emprende un viaje lejos de su pueblo. En el transcurso, es secuestrada por dos hermanos; uno de ellos la cautiva desde el primer momento. Es llevada a un bellísimo castillo donde los hermanos iniciarán una silenciosa batalla por el amor de la muchacha, mientras que ella es visitada todas las noches por una presencia espectral. Se descubrirá así la maldición que oculta la familia de los jóvenes, una maldición que se remonta a los principios de la era vampírica. En esta obra, Dumas crea un ambiente donde se mezclan perfectamente el amor y lo gótico.
 
SOBRE EL AUTOR
Alejandro  Dumas (padre) (Francia, 1802 – 1870)
Su educación fue más basada en las lecturas, especialmente de aventuras de los siglos XVI y XVII, que realizó con profusión mientras trabajó con el Duque de Orleans, en París. Era también un asiduo concurrente a las representaciones teatrales y sus primeros escritos fueron obras de teatro. Escribió en este género, Enrique III y su corte, en 1829, y la pieza romántica Cristina, en 1830; ambas de gran éxito en las tablas de la época.
       Fue un escritor muy prolífico; publicó alrededor de 1.200 volúmenes, aunque se supone que muchas de ellas fueron escritas en colaboración con otros escritores menores. Pero la mayor fama en la literatura romántica francesa la alcanzó con sus novelas históricas Los tres mosqueteros (1844) y El conde de Montecristo (1844).
       Fue nombrado como Dumas padre puesto que su hijo tenía el mismo nombre y también fue escritor.
       Obtuvo por sus publicaciones enormes ingresos, pero apenas alcanzaban a pagar sus frívolos gastos, lo que lo llevó a terminar sus días prácticamente en bancarrota.
       Murió el 5 de diciembre de 1870.

 

UNA PEQUEÑA TAJADA
A continuación disfrutarás de un fragmento de la obra. Apreciamos tus comentarios.
 

(…)
 

De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una bala. La canción quedó interrumpida, y el guía, herido de muerte, se precipitó al abismo, mientras su caballo se detenía temblando y tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde desapareciera su dueño.
Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito estridente, y sobre los flancos de la montaña vimos aparecer una treintena de bandidos: estábamos completamente rodeados.
Cada uno de los nuestros empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes, como que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se pusieron en guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y conociendo bien cuan desventajosa era nuestra situación, grité:
—¡Adelante!
Di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda carrera hacia la llanura.
Pero teníamos que vérnoslas con montañeses que brincaban de roca en roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando, hacían fuego, manteniendo a nuestros flancos la posición tomada.
Por lo demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto donde el camino se ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron al galope sus cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
La situación era grave; sin embargo, acostumbrada desde niña a las escenas de guerra, pude apreciarla sin que se me escapara una sola circunstancia.
Todos aquellos hombres, vestidos de pieles de carnero, llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al modo de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que agitaban vivamente luego de haber disparado, dando gritos salvajes, y en la cintura portaban un sable corvo y dos pistolas.
Su jefe era un joven de apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos ensortijados que le caían sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava guarnecida de piel y ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y seda. En su mano resplandecía un sable corvo, y en su cintura relucían cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz expresión de sus deseos, pues a aquellos gritos obedecían todos sus hombres, ora echándose a tierra boca abajo para esquivar nuestras descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos, haciendo de la lucha una carnicería.
Yo había visto caer uno después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro estaban aún ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara que fuese posible.
Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que los anteriores, tendiendo la punta de su sable hacia nosotros. En verdad aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último grupo de un cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos apuntarnos todos aquellos largos mosquetes.
Comprendí que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al cielo, murmurando una última plegaria, y aguardé la muerte.
En ese instante vi, no descender sino precipitarse de peña en pena, un joven que se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla, pronunció esta sola palabra:
—¡Basta!
Todas las miradas se volvieron a esa voz, y cada uno pareció obedecer al nuevo amo.
Sólo un bandido apuntó de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres dio un grito; la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse sobre el que le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo, que un relámpago brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó herido por una bala en la cabeza...
 

(…)