03. 'Carmilla' de Jospeh Sheridan Le Fanu






Obra: Carmilla
Autor: Joseph Sheridan Le Fanu
Género: Narrativo (novela)
Dimensiones: 12.5 x 20 cm.
Páginas: 80
Lectores: A partir de los 14 años
Costo: S/. 10.00








DESCRIPCIÓN
Laura es una joven que vive con su padre y unos criados en un antiguo castillo en las lejanías de Estiria. Delante del castillo donde viven, un carruaje sufre un accidente y la dama y su hija, que viajaban en él, se instalan en el castillo hasta que puedan emprender, de nuevo, el viaje. Laura y la joven, Carmilla, traban amistad rápidamente, a pesar de que la nueva inquilina muestra rarezas en su comportamiento: se despierta después de mediodía y se encierra en su cuarto sin dar señales de estar en él. Es ahí donde se inician los intricados de esta obra literaria, obra maestra del género vampírico.

  

SOBRE EL AUTOR
Joseph  Sheridan  Le Fanu (Irlanda, 1814 – 1873)
Este escritor irlandés se crió dentro de una familia acomodada. Le Fanu comienza una carrera literaria como colaborador de la Dublín University Magazine. En 1843 contrae matrimonio con Susana Bennett, quien sería su única esposa. Su primera novela, The Cock and Anchor, aparece en al año 1845. En 1858 ocurre un hecho que cambiaría su vida: su esposa muere, lo que genera al escritor una aversión al mundo exterior, encerrándose en su hogar solo para escribir. En esta época escribe sus narraciones más oscuras, entre ellas se encuentra la novela Tío Silas (1864), La rosa y la llave (1871), y la muy celebrada colección En un vidrio misterioso (1872), que contiene Carmilla, Té verde y El conocido, famosas narraciones donde suceden enigmáticos hechos aparentemente convocados por una oscura culpa.
       Se ha llegado a afirmar que Le Fanu es el padre del cuento de fantasmas irlandés en época victoriana.
       Fallece en 1873.

  

UNA PEQUEÑA TAJADA
A continuación disfrutarás de un fragmento de la obra. Apreciamos tus comentarios.


(…)


El primer acontecimiento que me produjo una terrible impresión y que aún ahora sigue grabado en mi mente, es al propio tiempo uno de los primeros sucesos de mi vida que puedo recordar.
La nursery, como la llamábamos, aunque era sólo para mí, estaba en una habitación grandiosa del último piso del castillo, y tenía el techo inclinado, con molduras de madera de castaño. Tendría yo unos seis años cuando una noche, despertándome de improviso, miré a mi alrededor y no vi a la camarera de servicio. Creí que estaba sola. No es que tuviera miedo... Pues era una de aquellas afortunadas niñas a quienes se ha evitado expresamente las historias de fantasmas y los cuentos de hadas, que vuelven a los niños temerosos ante una puerta que chirría o ante la sombra danzante que produce sobre la pared cercana la luz incierta de una vela que se extingue. Si me eché a llorar fue seguramente porque me sentí abandonada; pero, con gran sorpresa, vi al lado de mi cama un rostro bellísimo que me contemplaba con aire grave. Era una joven que estaba arrodillada y tenía sus manos bajo mi manta. La observé con una especie de placentero estupor, y cesé en mi lloriqueo. La joven me acarició, se echó en la cama a mi lado y me abrazó, sonriendo. De repente, me sentí calmada y contenta, y me dormí de nuevo.
De súbito, me desperté con la escalofriante sensación de que dos agujas me atravesaban el pecho profunda y simultáneamente. Proferí un grito. La joven dio un salto hacia atrás, cayendo al suelo, y me pareció que se escondía debajo de la cama.
Por primera vez, sentí miedo y me puse a gritar con todas mis fuerzas. La niñera, la camarera y el ama de llaves acudieron precipitadamente, pero cuando les conté lo que me había ocurrido estallaron en risas, a la vez que trataban de tranquilizarme. Aunque yo era una niña, recuerdo sus rostros pálidos y su angustia mal disimulada. Las vi buscar debajo de la cama, por todos los rincones de la habitación, en el armario y oí a mi ama susurrar a la niñera:
¡Mira! Alguien se ha echado en la cama, junto a la niña, aún está caliente.
Recuerdo que la camarera me acarició y que las tres mujeres examinaron mi pecho, en el punto donde yo les dije que había sentido la punzada. Me aseguraron que no se veía ninguna señal.
El día siguiente lo pasé en un continuo estado de terror: no podía quedarme sola un instante, ni siquiera a plena luz del día.
Recuerdo a mi padre junto a mi cama, hablándome en tono festivo, así como preguntando a la niñera y riéndose de sus respuestas. Luego hacía muecas, me abrazaba y me aseguraba que todo había sido un sueño sin importancia.
Pero yo no estaba tranquila, porque sabía que la visita de aquella extraña criatura no había sido un sueño.
He olvidado todos mis recuerdos anteriores a este acontecimiento, y muchos de los posteriores, pero la escena que acabo de describir aparece vívida en mi mente como los cuadros de una fantasmagoría surgiendo de la oscuridad.


(…)