El patio de espejos que no existe


EL PATIO DE ESPEJOS QUE NO EXISTE
(comentario a los poemarios “VON” y “Cantata natural” de Laura Rosales)
I
(breve preámbulo: un recuento personal)

Durante mucho tiempo no he sido dado a escribir prólogos o comentarios de libros; ya sea por cuestiones de tiempo o porque simplemente no me sentía en la capacidad de hacerlos. Pero considero que las opiniones que uno pueda tener sobre algo, sea el tema que sea, es bueno siempre brindarlas para que sean juicio e inicio valorativo de las propias palabras. No hay que ser un sabiólogo para ello: solo hay que disfrutar, buscar no la ceniza, sino el fuego que todo lo provoca. Y desde ya: no pienso desmenuzar un libro como si fuera una pobre rana (es más, no concibo la idea de desmenuzar la rana). Vamos.

Por criterios personales se me ha dado la gana de querer comentar algunos libros, y si bien no sé cuáles serán en lo sucesivo, he sabido siempre que los primeros iban a ser los poemarios de mi querida “L”, mi bella amiga Laura Rosales, la imagen de la poesía en sí. Porque más que una cuestión de amistad, es una cuestión de admiración, y ahí es donde radica la belleza de la poesía: en admirar el trabajo, el oficio artístico que otros realizan y que uno siempre va a disfrutar con alegría y felicidad. Este fuera el principio.

A Laurita la conozco ya varios años, desde aquellas infinitas cartas a bebé Rocamadour, hasta las lecturas de Girondo a través del cristal. Con el tiempo, conocer su poesía ha sido un pequeño espacio donde he podido no extrañarla (hemos coincidido en Lima y por Trujillo), y así seguir descubriendo las extrañas formas de la virtud. Por aquel tiempo, 2009 si no mal recuerdo, iniciamos un intercambio poético que hasta ahora sobrevive, y espero persista. Pero vamos a la poesía.

II
(el inicio: comentario a “VON”)

Siempre he creído que existen personas que nacen con la virtud poética; otras, la van formando en el camino, pero aquel talento nato para los versos no es propiedad de todos, ni siquiera de muchos que publican en cantidades industriales libro tras libro. En el caso de Laura Rosales, la vertiente de sus versos han sido más que interesantes.

Su primer poemario “VON (Lustra Editores, 2011)”, que hace referencia al estado de ‘esperanza’, es un puerta infinita. Si bien como todo primer libro tiene sus pequeños vacíos y falencias, estas son pocas. Lo que más se denota es ese aire involuntario que arrastra la herencia pizarniana: aquella imagen esquizofrénica que busca convertir la poesía en un elemento de escape. Pero es parte de un todo, no el todo definitivo. Me dejaré llevar en algunos poemas.

La arquitectura del lenguaje que desarrolla a lo largo de todo el libro es muy rica en imágenes y emociones, de aquellas que te invitan a sonreír o estallar. La poesía es un juego de imágenes, no olvidar; un conflicto de imagen y hacia dónde dirigimos la imagen, el peculiar efecto de la intencionalidad. Una forma de protesta, de confesión, de silencio; puede ser todo y al mismo tiempo luz. Pero volvamos.

La primera parte del libro, “Estancias del ensueño”, es prueba de ello. En el poema ‘Muros y constelaciones’, la parte ‘II (Contemplando una fotografía de F.A.)’ (pág. 15) dibuja dos versos muy bellos:

“Tu ombligo es el crisol de donde beben / todas las aves de la tierra…”

¿Es esta una posibilidad? No: es la entrega, es lo ideal, la imagen ideal que la voz poética le brinda al elemento real o imaginario, al ser que no existe o que subsiste en nuestra distancia. O tal vez solo un sueño, nada más. Algo semejante ocurre en ‘Ultramar’ (pág. 19):

“Tu vida en la arena / celebra junto al mar / la libertad de las gaviotas.”

Lo confieso: soy lector no de poemas, sino de versos. Y en estos me dejo llevar con calma, pues nos brindan aquella oportunidad que tal vez nunca tendrían los seres posibles, los elementos que armonizan la creación. Nos permitimos inventar o reinventar lugares, espacios, momentos codiciados, y de esta manera un aposento de luces y sombras se nos hereda con gracia. Mejor ejemplo el poema ‘Islas’ (pág. 21):

“Invento un lugar / con flores y música / donde oigo mi voz / como el grito más grande / del mundo animal.”

Hay un silencio muy personal que solo permite libertad en el uso de un lenguaje que busca eximir de opresión, exigir respirar con algarabía. El escucharse a uno mismo como prueba de todas formas del cuerpo y sus extensiones vitales, se da. Y somos parte de ese grupo de pieles y garras donde habitan las especies más inauditas: el ser humano con su elegancia de tiempo es solo un artefacto más, olvidando su nunca efímera música interior. Para ello este lugar, esta imagen poética que nos invita a naufragar.

Para la segunda parte, “Jardín interior”, espacio donde los poemas no llevan título, el lenguaje es mucho más interior, más de confesión y revelación, como en el texto de la página 28:

“De niña me enamoré / de un pájaro muerto, / el eco de su clamor brujo / golpeaba lirios en mi jardín.”

Inevitable el recuerdo de las aves, pero ahora (o siempre) perdidas, sin vuelo, reclamando aquello que nunca tuvieron y siendo la voz testigo de este rencor impersonal que se llevan los días. Pero el poema de la página 31, uno de los más cortos y concisos del libro, nos auguran una visión profética:

“Un día yo despertaré / pálida con un traje de plumas / con un corsé ahogando / la infinita canción de mis ojos.”

Mejor una advertencia al tedio de la costumbre, a lo ya preestablecido, a lo que todo el mundo espera sin mayor sorpresa que adjuntar días a los calendarios por venir. Sucede de esta forma: la gente vive en sus horarios tan ordenados, en sus cotidianos estándares de ir y volver, que no se permiten un espacio para volar, o tentar el vuelo. Por ello la advertencia, el próximo despertar en el cual los más próximo al cambio es la libertad.

En uno de los pocos textos de prosa poética que se hallan en el libro, hice el gran descubrimiento: un verso que es más que una magnífica celebración: el reclamo, la crítica, el mostrar nuestras manos vacías al sol. En la página 34 se lee:

“Los fríos estandartes del mundo han hecho de mí una niña sin muñecas, un pequeño animal borrado por el fuego.”

Aquí las varias que uno puede hallar en la poesía. Las interpretaciones serán distintas, pero considero que esta es una sutil manera de reflexionar sobre los estereotipos, sobre los márgenes y órbitas que la sociedad nos predispone. ‘Los fríos estandartes’, esas normas concebidas desde siempre para someternos, nos convierten en seres obedientes mas no pensantes, en animales sujetos a riendas que solo dirigen sus trancos a un mismo lugar, a un espacio donde nos visten y calzan a su manera. Al final del día solo queda la ceniza, porque el ‘animal borrado por el fuego’ no ha podido sobrevivir, no ha podido ser libre. Un verso que somete a la reflexión, al análisis personal y de la memoria.

Para la tercera sección, “Patio de espejos”, nombre con el que inicialmente fuera concebido este poemario (espero se me excuse mencionarlo), y del cual atesoro en demasía un borrador que Laurita me obsequiase hace ya muchos años, la voz poética ya no teme lo que menciona. El poema ‘IV’ (pág. 42) nos confiesa:

“Mi corazón se abre como una ostra.”

¿Será por aquella perla que se oculta siempre en ese macizo ropaje? Un descubrimiento se nos permite, una verdad que habrá de revelarse al observar el interior de ese ‘corazón’ que flota y existe en lo más profundo, en lo más oculto, secreto y luz que solo pocos han de ver. Mas otra imagen se no presenta en el poema ‘VII’ (pág. 45):

“Sorda es la flor extinta / de mi corazón / y mi lengua.”

Contradictorio se presentan ahora las imágenes. He ahí el poder de conversión de la poeta, de ser metamorfosis propia y a la vez que se permite estructurar un mundo paralelo a lo cotidiano, a lo que es ya visible. Un manual de supervivencia, o sobrevivencia, llega a ser muchas veces la poesía, y con esto nos somete al interrogarse constantemente, al cuestionar las formas que nos acompañan en nuestro lento tránsito por la vida. Virtud, solo virtud.

El poema que lleva palmas y flores de esta sección por el enfrentamiento de las ideas y la coronación vital de las especies, es el ‘IX’ (pág. 47):

“Dentro de mí / reposa la bestia ciega / que acaricia / con ternura el alba.
Dentro de mí / reposa el alba / y le quita los ojos / a la bestia de barro.”

Una copa y nada más. Todo está dicho.

Es “VON” una primera puerta, un inicio eficaz que revive la fe en la poesía, no solo como palabra que se expresa, sino como argumento del cual podemos corresponder a la crítica; no solo son poemas en la flota del decir, sino que es una crítica a los típicos condicionamientos de lo cotidiano, donde la voz poética se permite advertir lo que con ‘esperanza’ se puede conseguir. Me quedo al final con estos versos del poema ‘XII’ (pág. 49), que bien pueden servir como ‘arte poética’:

“Mi voz existe en la memoria. / No aquí.”

Cerramos este libro.

PD. He de continuar luego con "Cantata natural".